#18. GOBIERNOS TEAL

Si las organizaciones pueden evolucionar, ¿por qué no podrían hacerlo los gobiernos?

La teoría del desarrollo de los sistemas humanos y de su conciencia se origina a partir de décadas de investigación iniciadas por psicólogos y otros investigadores desde los años 50. Estos estudios exploraron cómo las personas, los grupos y los sistemas evolucionan hacia niveles de conciencia más complejos e integradores y, curiosamente, más humanos.

A partir de estas investigaciones, Frederic Laloux se preguntó: ¿cómo son las organizaciones que operan desde un nivel de conciencia más evolucionado?

Hoy nos permitimos hacer una pregunta análoga, y quizá un poco más gamberra, para el ámbito público:

¿Cómo serían los gobiernos si también operaran desde ese mismo nivel de conciencia?

En las últimas décadas hemos visto cómo muchas organizaciones —empresas, cooperativas, ONGs y comunidades— han iniciado una transición hacia el paradigma de gestión Teal, siguiendo la conocida escala de colores de Laloux. Mientras tanto, los gobiernos… bueno, siguen bastante ocupados gestionando como si estuviéramos en otra época.

Persisten estructuras rígidas, centralizadas y verticales, diseñadas para contextos históricos que ya no existen. . Esto nos lleva a una pregunta bastante razonable: si los gobiernos son sistemas de gobernanza, de toma de decisiones y de liderazgo, ¿por qué no podrían evolucionar de forma análoga a las organizaciones?

Así que, si imaginamos el mismo recorrido de colores aplicado a la forma de gobernar en el ámbito público, lanzamos el reto: ¿Te atreves a imaginar cómo sería un país gobernado por un gobierno Teal?


¿Cómo sería un gobierno Teal?

No estamos diciendo que exista. No estamos diciendo que sea fácil. Y definitivamente no estamos diciendo que vaya a pasar mañana.

Lo que sí hacemos es permitirnos imaginar cómo sería un Estado más vivo, flexible y humano, gobernando desde un nivel de conciencia más evolucionado. Un pequeño ejercicio de imaginación política, sin anestesia, para ver qué aparece cuando soltamos el “esto siempre se ha hecho así”.

Algunas características que podrían marcar la diferencia:

Decisiones cerca de la ciudadanía

  • Un gobierno Teal tomaría decisiones lo más cerca posible del territorio y de las personas afectadas.

  • Los ministerios y órganos centrales actuarían más como facilitadores y coordinadores que como controladores profesionales.

  • La gobernanza sería policéntrica, permitiendo que comunidades, municipios y sectores se autogestionen dentro de reglas claras y compartidas.

Liderazgo adulto–adulto

  • El Estado dejaría de funcionar como “padre” y la ciudadanía como “menor de edad político”.

  • Se basaría en confianza mutua y corresponsabilidad, asumiendo que las personas pueden comprender, decidir y asumir consecuencias.

  • Para ello, el Estado ofrecería herramientas, formación y espacios de desarrollo personal, fortaleciendo el liderazgo ciudadano, la toma de decisiones y la gestión colectiva.

  • Los políticos dejarían de ser jefes o salvadores para convertirse en servidores, facilitadores y guardianes del propósito común.

Propósito evolutivo del Estado

  • El Estado acompañaría el florecimiento humano, social y ecológico, más allá de mantener estructuras de poder o guerras partidistas.

  • Las políticas públicas se orientarían al impacto real, la evaluación continua y la sostenibilidad, adaptándose a una sociedad viva y cambiante.

Transparencia y confianza sistémica

  • La información se abriría por defecto y los datos públicos serían accesibles y comprensibles.

  • La confianza no se exigiría; se construiría.

  • La transparencia dejaría de ser un eslogan y se convertiría en infraestructura básica contra la corrupción y a favor de la corresponsabilidad.

Diálogo y diversidad

  • Se crearían espacios seguros para el diálogo y la deliberación colectiva.

  • Los conflictos no desaparecerían - spoiler: nunca lo hacen -, pero se abordarían de forma constructiva, entendidos como parte natural de la evolución y el crecimiento colectivo, evitando la polarización y mejorando la calidad de las relaciones y de las decisiones.

Plenitud humana en la gestión pública

  • Las instituciones cuidarían la salud mental, emocional y relacional de toda la ciudadanía.

  • Las políticas promoverían bienestar integral, educación emocional, desarrollo personal, habilidades para la vida y conocimientos financieros básicos, dando herramientas reales para una participación consciente y responsable.

  • Los trabajos serían más humanos y las personas dejarían de ser tratadas como meros usuarios, contribuyentes o números en una hoja de cálculo.

  • Se reconocería el valor del cuidado y de profesiones históricamente infravaloradas, equilibrando valores tradicionalmente feminizados y masculinizados.

Todo esto generaría sociedades más resilientes, con menos burnout, depresión y soledad; más cohesión social, sentido de pertenencia y participación activa; y un bienestar que no se limita al individuo, sino que impacta positivamente en toda la comunidad y en el planeta.

Ahora la pregunta es inevitable:

¿Cómo imaginas tú los gobiernos del futuro?

¿Qué tipo de Estado crees que necesitamos para sostener la vida (humana y no humana) en un mundo cada vez más complejo?

Seamos honestos: nada de esto va a suceder solo. Los sistemas tradicionales tienden a aferrarse al poder como gato a su sillón favorito, y la transformación exige madurez colectiva, líderes dispuestos a soltar privilegios y una ciudadanía que pase de espectadora crítica a protagonista consciente.

Pero aquí está la clave: no hablamos de utopías ingenuas, hablamos de imaginar posibilidades que nos despiertan, nos incomodan y nos obligan a revisar lo que damos por inevitable.

Si las organizaciones pueden evolucionar, los gobiernos también podrían hacerlo. No porque sea fácil, sino porque es necesario. Pensar en un Estado más vivo, flexible y Teal no es una fantasía: es una estrategia para que la sociedad del siglo XXI no colapse intentando gobernarse con herramientas del siglo pasado.

Y sí, quizá todo empieza exactamente aquí: atreviéndonos a imaginarlo.

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